ola!!
Bienvenidos a mi blog... espero que os guste lo que aki iré publicando...
Pues esta es mi primera entrada y además es mi primera colaboración con la página El Cuentacuentos (
http://www.elcuentacuentos.com/). Es el primer cuento que escribo y que enseño así a la gente... espero que os guste... y dejadme, si creeis que lo merece, una opinión sea buena o mala... para mejorar hay que saber que hacemos mal...
--El reloj de arena--
Un reloj de arena vacío sobre la mesa marcaba el momento. Siempre me había parecido muy curiosa su forma de hacer las cosas, aunque hacía ya tiempo que le conocía, nunca dejaba de sorprenderme. Notaba su mirada inquisidora sobre mí, esperando una respuesta, algún movimiento, alguna reacción por mi parte. Yo no me sentía capaz de mirarle y sin querer esbocé una sonrisa, noté que le molestó y, de pronto, su pie empezó a dar pequeños golpes rápidos en el suelo. Su nerviosismo era evidente, la impaciencia se apoderaba de su cuerpo, carraspeó, pero tampoco obtuvo respuesta y empezó a golpear suavemente la mesa con sus dedos, uno detrás de otro, primero lentamente y después más rápido. Me entró curiosidad, levanté la mirada y mi sonrisa se convirtió en carcajada al ver su cara, desencajada, mirándome interrogante y perplejo.
Durante unos segundos me siguió mirando, mientras yo intentaba contener mi risa. Tomó aire resignado y me dijo: “no esperaba esta respuesta”. Volví a reírme, ahora más fuerte, y una frase vino a mi cabeza, una frase que él siempre me repetía, y entre risas, dije: “si no quieres saber, ¿para qué preguntas?”. De un salto se levantó de la silla y golpeó la mesa, me asustó, pegué un bote en mi silla y, otra vez, me dio la risa. Perplejo me miró y se frotó la frente intentando comprenderme, y yo seguía mirándole y riéndome sin poder parar. Se dio la vuelta y farfulló algo entre dientes que no pude comprender, se quedó mirando por la ventana y poco a poco me dejé de reír.
“No quería molestarte” dije, pero él permaneció en silencio mirando por la ventana. Fuera llovía, llovía fuerte, creando una cortina de agua frente a la ventana y nadie había en la calle. Dos minutos de silencio, un segundo más, y otro, y otro, y otro, y así hasta cumplir tres minutos, y cuatro, y cinco… cada vez se hacía más insoportable. Yo no quería enfadarle y, sin poder evitarlo, cada vez tenía más ganas de reír, pero me contenía. Y se cumplieron seis minutos, y luego siete, después ocho, y nueve… para mí, iba contando los segundos, como sé que hacía él, allí apoyado en la ventana, mirando llover, pero sin ver lo que pasaba fuera. 598, 599, 600… y ya van diez minutos… “¿Sabes? Me estaba acordando de cuando te vi por primera vez”. Y él seguía mirando hacia fuera, sin prestarme atención, haciendo que no me escuchaba. “Estaba un día lluvioso como hoy”, y otra vez silencio, carraspee y me acomodé en la silla, apoyando mis brazos sobre la mesa, “de hecho, creo que llovía más que hoy… “. “¿Pero tú estas loca?- me interrumpió- el día que nos conocimos no llovía para nada”. Otra vez me eché a reír, entonces se dio la vuelta y me miró incrédulo, “¿me estás tomando el pelo?”. Yo negué con la cabeza, me miró y lentamente colocó su silla para sentarse, apoyó los brazos en la mesa como yo y me miró fijamente.
“Yo no te hablaba del día en que nos conocimos, te hablaba del primer día en que te vi, que es muy diferente”. Ahora su mirada se llenó de desconcierto, me miraba extrañado y sin entender nada, otra vez me dio la risa y él echó su cabeza para atrás entre frustrado y rendido. “Como te dije era un día de lluvia, hasta creo que de más lluvia que hoy. Yo había quedado con… con una amiga- me miró, se rió y me hizo seña de que continuara- No sé de que te ríes, había quedado con una amiga, y habíamos estado varias horas tomando algo y hablando en una cafetería cercana a la plaza Mayor. Recuerdo que eran más de las nueve cuando volvía a casa y, de pronto, se puso a llover, busqué en mi bolso y me había dejado el paraguas en el bar, pero estaba ya muy lejos para volver. Recuerdo que me sentó un poco mal y decidí sentarme en un portal de la calle esperando a que parara de llover un poco, pero ya sabes que aquí cuando empieza… Entonces decidí seguir a casa y pasé por la plaza Blanca, ya empapada y de pronto te vi. Estabas sentado en uno de los bancos de la plaza tranquilamente, sin paraguas, mojándote, me dio envidia y me hizo gracia, y me senté yo también en un banco. De pronto no me importó mojarme, me pareció divertido. Entonces empezó a sonar una canción… no recuerdo cuál era… creo que era Mozart o Chopin… no sé música clásica, que venía de una ventana y tú te pusiste a bailar encima del banco y a saltar por toda la plaza, tarareando la canción a lo Gene Kelly… Me hizo mucha gracia”.
“Recuerdo ese día” me dijo con una sonrisa en la boca “fue el día que me dejó María. Estaba tan enfadado, tan cansado, tan… tan… tan…”. De pronto los dos nos echamos a reír. “No tenía ni idea de que me estuviera mirando nadie, sino no me hubiese comportado de esa manera”.
“He de decirte que menos mal que te vi. Yo estaba pasando una mala época, todo me molestaba, todo me parecía mal, nada me apetecía y me costaba seguir con mi vida… Pero ese día en la plaza, fue como… no sé, vi las cosas de otra forma. De pronto no me parecía tan horrible que lloviera, ni me parecía tan mala idea estar completamente mojada. Cuando llegué a mi casa me miré al espejo y me empecé a reír de lo que vi”. Otra vez el desconcierto se apoderó de su cara no entendía nada. “Mira, ese día me encontré con alguien que tenía ganas de vivir, que disfrutaba de las pequeñas cosas, yo no sabía qué razones te llevaban a hacer esas locuras, pero de repente me di cuenta de que me estaba perdiendo entre tantas quejas y malos pensamientos. Fue verte y cambiar el chip ¿sabes?”.
“No tenía ni idea”, se empezó a poner colorado, siempre que le decía algo o le agradecía por algo se empezaba a sonrojar y a mi eso me provocaba risa, pero me contuve, no era el momento. “¿Por qué nunca me lo habías contado?”, me encogí de hombros y le sonreí. Él se quedó pensativo y apoyó su cabeza sobre una mano, mirándome. “Pero, eso fue… como unos tres o cuatro días antes de que te conociera… ¿no?”. Asentí con la cabeza, “resulta que durante esos cuatro días me dediqué a ir a la plaza y sentarme en el mismo banco en que me había sentado esa tarde, ver la gente pasar, disfrutar del sol, disfrutar de un libro o una revista… no sé, ese banco se convirtió en el símbolo de mi cambio, de mi renovación, de mi nuevo punto de vista. Hasta que un día… bajo el sol de la tarde, cierto personaje me dio con un balón en la cabeza”. Le dio la risa y me siguió mirando atentamente. “El resto de la historia ya la conoces… no te la tengo que contar…”. “Entonces… ¿fue por esa tarde en que me viste a lo Gene Kelly, que me hiciste caso y me hablaste amablemente la tarde que te di el balonazo?”. Asentí con la cabeza, “no puedes pretender que no tuviera curiosidad por saber, cómo era ese chico que había provocado un cambio tan grande en mi vida en tan poco tiempo, además siempre me ha gustado ver como te arrepientes y suplicas perdón… jajaja”
Durante unos segundos me siguió mirando, sin decir nada, y entonces se levantó y volvió a apoyarse en la ventana, mirando hacia fuera, viendo llover. “Lo que no entiendo es por qué nunca me lo contaste, ni tampoco por qué me lo cuentas ahora…”. “Nunca te lo conté porque no surgió, no sé, pensé hacerlo muchas veces, pero nunca lo hice. Y… te lo cuento ahora porque… ¿no querías una respuesta?”. Se dio la vuelta y apoyó la espalda en la pared, me miró fijamente, no era la respuesta que esperaba y eso yo lo sabía perfectamente.
“Quizá no es la respuesta que esperabas… pero no sé cuál querías que fuera mi reacción… y esta es la mejor respuesta… créeme que a mí tampoco me ilusiona la pregunta”. Se quedó pensando y se acercó a donde yo estaba sentada, se arrodilló a mi lado y me miraba, mientras yo seguía mirando al frente, viendo llover. Extendí el brazo y cogí el reloj de arena, le di la vuelta y poco a poco la arena empezó a caer de nuevo. “Son tus reglas… deja que caiga toda la arena y me contestas”. Nuestras conversaciones siempre se regían por los tres minutos y doce segundos que marcaba ese reloj, sobre todo las conversaciones trascendentales. Uno exponía un tema delicado y concedía el tiempo del reloj al otro para armar su respuesta. Como ya dije, él siempre me sorprendía con su forma de enfocar las cosas, pero eso es lo que más me gusta de él.
Otra vez iba contando los segundos en mi interior, y le escuchaba a él que los contaba en voz baja. El tiempo parecía pasar muy despacio, un segundo, dos segundos, tres segundos, parecía hacerse eterno por momentos, diez segundos, once segundos, doce segundos, trece segundos, las ganas de reír se habían ido y ahora una lágrima empezaba a recorrer mi cara, veinte segundos, veintiún segundos, veintidós segundos, veintitrés segundos… Entonces él se levantó y tumbó el reloj, yo le miré y me puse de pie, “así no es como se juega a esto” dije intentando contener las lágrimas. El reloj empezó a rodar por la mesa de madera y cayó al suelo rompiéndose en pedacitos y esparciendo la arena por el suelo. Los dos nos quedamos en silencio. “Parece que definitivamente esto marca el final del juego”. Ya no pude contener las lágrimas por más tiempo, era el final, por más que quisiéramos evitarlo, cuando saliera esa tarde de su casa sería la última vez. No volveríamos a salir juntos, no volveríamos a caminar por la ciudad, a disfrutar de la intensa lluvia, a tomar el sol en el parque, a tomar té las tardes aburridas de domingo, a charlar y divagar sobre temas, unas veces trascendentales y otras no tanto, no volveríamos, en definitiva a vernos, ni a jugar como solíamos hacerlo. Ya no podía evitarlo, no podía parar de llorar, hasta sentía que me ahogaba, que no podía respirar. Él se acercó y me abrazó muy fuerte y me susurró al oído “no llores más, no llores más, sabes que no puedo soportar verte así”.
Me sentía tan mal, no quería decirle adiós pero sabía que eso iba a pasar. Entre sollozos le dije “¿Era esta la respuesta que querías?”. Entonces se apartó y me miró con una sonrisa, mientras una lágrima recorría su cara “no es que quisiera verte llorar, solo es que me sorprendió que te rieras a carcajadas”.
Le volví a abrazar, y otra vez le escuché contar los segundos en voz baja, como yo también estaba haciendo. Un segundo, dos segundos… un minuto, dos minutos… cinco minutos… diez minutos. Ahora el tiempo pasaba mucho más rápido. Parecía que la tarde quería apresurar nuestra despedida, como si al romperse el reloj que había marcado el tempo de nuestra relación, de nuestra amistad, no quedara oportunidad de seguir juntos. Fue el momento más duro para mí. Me aparté, le di un beso, recogí mis cosas y me fui. Ni un adiós, ni un hasta luego, no quería decir nada, quería fingir por un momento que le volvería a ver mañana.
Salí a la calle que estaba vacía. Seguía lloviendo a mares. Abrí mi bolso y no encontré mi paraguas, me lo había dejado en su casa. Me paré. Como cinco años atrás me senté en un portal. Uno, dos, tres, cuatro… Me levanté de un brinco y volví a su casa. Me abrió la puerta con el paraguas en la mano. Yo me quedé mirándole y me empecé a reír. Él me miraba desconcertado otra vez, no sabía lo que me estaba pasando, al momento lloraba desconsolada como me reía a carcajadas.
“Si te vas a ir hay algo que tenemos que hacer por última vez… y, por suerte, el día acompaña”. Cogí sus llaves de la puerta y le enganché del brazo. Caminamos y caminamos bajo la lluvia, primero si hablar, sin poder mirarnos, pero después caminamos como otras veces, como si no fuera la última, como si no fuera la despedida, como una más. Llegamos a la plaza Blanca y nos sentamos en un banco, en ese banco en el que cinco años atrás yo me había sentado a mirarle en la distancia, ese banco en el que había recibido un balonazo que me había permitido conocer a la persona más singular, divertida y maravillosa del mundo, ese banco que a partir de ahora sería también el banco de la despedida. Y ahí permanecimos sentados, hablando, como tantas veces, sin más lágrimas. Quizá si hubiese sido una película volvería a sonar la canción de aquella tarde, pero no fue necesario.
“Son las nueve menos cuarto, en media hora sal…”. “¡NO!- le interrumpí-no digas nada…”. “Está bien, entonces a…”. “¡NO!- volví a interrumpirle- hasta mañana”. Me quedé mirándole, sentada bajo la lluvia, él me miraba y se sonrió “Hasta mañana”. Se agachó, me abrazó y me besó en la mejilla, como solía hacer y se fue. Allí me quedé, sentada en el banco bajo la lluvia, viéndole marcharse, como tantas veces, pero sabiendo que era la última, y una lágrima empezó a recorrer mi cara camuflada entre la lluvia. “Adiós” dije viendo su silueta en la lejanía, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja.
Tantas veces volví a pasar por delante del mismo banco, tantas veces he vuelto a sentarme allí bajo la lluvia, o bajo el sol, pero nunca volvió a ser igual y nunca más volverá a serlo.
Besos, chau**