domingo 25 de enero de 2009

.::Olvidar::.




Cuando algo se acaba, o cuando no llega a empezar como en este caso, lo que queremos no es olvidar realmente. Me costó menos de un mes enamorarme de ti y dos largos años olvidarte... pero en realidad nunca te olvidaré, ni tampoco quiero olvidarte... porque por ti sentí cosas muy bonitas y viví cosas irrepetibles... solo buscaba recordarte con cariño, que tu recuerdo no me hiciera daño... La historia que abajo os cuento habla de ese proceso de "olvido", que es en primera persona. Espero que os guste...



Olvidar


Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo, que anteponiendo tus intereses a los míos no voy a ninguna parte, comprendí que yo debo ser la persona más importante para mí, que debo ser la primera de mi lista. Hace tiempo me di cuenta de que ser tu amiga ya no me basta, que estoy cansada de que me hables de otras, que no puedo soportar estar a tu lado y al mismo tiempo estar tan lejos, y por eso me alejé de ti. Hace tiempo me di cuenta de que tú no sentías lo mismo, de que debía olvidarte, de que ni la distancia funcionaba y pensé volverme loca intentándolo. Hace tiempo me cansé de llorar por ti, me cansé de extrañarte, de solo pensar en ti. Hace tiempo me di cuenta de que te quería y hace solo dos minutos me di cuenta de que ya no pienso en ti.

Pero ahora no entiendo nada, ¿qué ha pasado de ayer a hoy? Tengo la sensación de haberme acostado suspirando por tu ausencia y ahora… nada. Eras lo último en mi cabeza al irme a dormir y lo primero en cuanto abría los ojos, eras protagonista de mis sueños y un murmullo en mi cabeza todo el día, ¿qué estará haciendo?, ¿con quién estará?, ¿se acordará de mí?, ¿estará pensando en mí? Y, de repente, has sido un recuerdo lejano… Pero no puede ser, después de dos años siendo mi único pensamiento ¿ha bastado una noche para olvidarte? Y, ¿por qué esta noche y no el mes pasado o el anterior?

No, no ha sido esta noche, si me pongo a pensar… quizás desde hace un tiempo no estás tan presente… es verdad… ya no me fijo por la calle esperando encontrarte por casualidad, ya no me pongo nerviosa si veo que estás conectado en el Messenger, ya no me paro en tu nombre en la agenda del móvil pensando en llamarte… desde hace un tiempo ya no eres mi único pensamiento, poco a poco, otras cosas te han ido desplazando, no cosas más importantes, solo diferentes.

Sin embargo… no puede ser tan fácil… ¿cómo saber que realmente te he olvidado? He tenido esa sensación tantas veces y luego… al encontrarte… nada, seguía sintiendo lo mismo… y era frustrante. Verás… ahora me empezaré a obsesionar, pensaré todo el rato en si realmente te he olvidado o no… ¿pero cómo averiguarlo?... La única solución sería verte entonces… ¿llamo o no?... Mmm...… No, no voy a llamar… no sé si estoy preparada… y si realmente no te olvidé… y si te veo y vuelvo a lo de antes… prefiero quedarme con la duda y no pensar en ti, por lo menos no serás el centro de todo en mi vida.

Estaba anocheciendo mientras ella caminaba hacia casa absorta en sus pensamientos, como siempre, aunque ya no eran los de siempre. Por primera vez no daba el rodeo habitual, para ver si se propiciaba el encuentro casual; por primera vez no miraba a los lados nerviosa por si le veía; solo concentrada en el camino, escuchando la música del mp3, tarareando la canción que sonaba y pensando en la cena.


*********

Un saludo a todos**

lunes 17 de noviembre de 2008

**-FiN-**

Tú duerme ya veremos si despiertas”. Su reflejo parecía estarla retando, su mente parecía obligarla y no dejarle otra salida. Una, dos, tres… y de repente perdió la cuenta. Bebió medio vaso de agua, para hacerlo más fácil, y el vaso cayó al suelo, derramando su contenido por el parqué de la habitación. Cayó desplomada encima de la coqueta, aún con los ojos entreabiertos, mirando la caja de pastillas ahora vacía. Poco a poco sentía como el sueño la vencía, ¿o no era sueño? Quizás era verdad, quizás esas palabras que retumbaban en su cabeza eran verdad, a lo mejor no volvía a despertar. La luz del espejo la cegaba, sus ojos se iban cerrando poco a poco, pero cuanto más se cerraban más claro veía todo. Empezó a comprender tantas cosas, a recordar tantos momentos, empezó a recordar las cosas que le hacían reír, las cosas que le hacían llorar… poco a poco sintió que se había equivocado, que había tomado el camino fácil, que nada era tan grave para acabar con ella, sintió otra vez la fuerza de antes, sintió que podía con todo, pero también sintió que era demasiado tarde. Todo un año llorando, todo un año de penas; si lo pensaba, había sido mucho más, siempre quejándose de lo que le pasaba, sin enfrentar sus problemas, solo encogiéndose y escondiéndose… todo un año perdido, y ahora, toda una vida. Toda una vida sin entender y le bastaron un par de segundos para verlo claro. El dolor se hacía cada vez más grande, no era un dolor físico, era el dolor de saber que no había vuelta atrás, y una lágrima empezó a correr por su mejilla.
En la lejanía, un golpe. Lo último en su recuerdo fue su voz desesperanzada, su voz medio rota por el llanto que afloraba en él. “¿Por qué lo has hecho?”. Y fin.
Juraba estar dormida. De hecho juraba no pertenecer ya a este mundo. Y en su sueño se colaron las voces de fantasmas del pasado. Sintió correr una lágrima por su mejilla, pero ya no sabía qué era real y qué no lo era. Pensó si sería un recuerdo de su otra vida, de cuando no fue capaz de enfrentarse a lo que la atormentaba. Pero esas voces, en principio lejanas, se fueron acercando, ¿era un sueño o era real? Por un momento deseó con todas sus fuerzas que no fuera demasiado tarde, que nada hubiese pasado.
- Entonces… ¿se pondrá bien?
- No podemos decirle nada todavía. Ha tomado una dosis muy alta de esas pastillas. Debemos esperar su evolución.
- ¡¿Esperar?! – gritó rompiendo la pausada conversación del médico.- Estoy harto de esperar… llevo dos días esperando… ¡dos días!- y el último grito se convirtió en llanto.
El silencio se volvió a hacer en la habitación. Ella quería despertar, abrir los ojos, pero no era capaz. De vez en cuando se oía un ligero sollozo, ¿estaba llorando? ¿Él? Ella no lo podía creer, y quería abrir los ojos para comprobar que era cierto, que estaba allí, pero no era capaz.
Pasaron horas, días, pero para ella solo parecieron unos cuantos minutos. Mientras tanto, él, volviéndose loco a los pies de su cama. Culpándose de las decisiones que ella había tomado, culpándose de no haberla entendido, de no haberla apoyado. Llorando todo el rato desconsolado y ahora sí, estando con ella día y noche.
- Ahora no te necesito – murmuró ella despertando de ese sueño confuso.
- ¿¡Qué!? Pensé que nunca te volvería a oír… Voy a llamar al médico.
Él estaba emocionado, salió corriendo al pasillo y avisó a la enfermera. Volvió a entrar en la habitación con una gran sonrisa de oreja a oreja, mirándola con los ojos brillantes, casi llorando. Ella trataba de recordarle así antes, pero no fue capaz.
- No sé qué haces aquí. – su sonrisa se borró.
- ¿Por qué me dices eso? Estoy aquí porque te quiero, porque hiciste una locura, porque casi te matas.
- Parece que no valgo ni para eso. Si no estuviste conmigo cuando te necesité ahora no te quiero ver.
En ese momento entró el médico en la habitación. Él salió llorando, confuso, enfadado, golpeando la puerta al cerrarla. El médico la examinó y le hizo muchas preguntas, más de las que ella estaba preparada para contestar. Se sentía abrumada. El médico salió de la habitación y ella rompió a llorar. Se alegraba de no haber conseguido su objetivo, de no haberse muerto, de estar viva, de poder volver a empezar. Pero al mismo tiempo se sentía fracasada, sentía que todo iba a volver al mismo punto, se volvió a sentir débil, pequeña y volvió a no entender nada.
Él entró de nuevo en la habitación. Empezó a hablar, a gritar, otra vez empezó a pensar en sí mismo, “¿por qué me has hecho esto? Yo no me lo merezco”. Él, él y después él. Otra vez todos los sentimientos horribles, otra vez la confusión, otra vez los deseos de dejarlo todo, otra vez la inferioridad que él le hacía sentir. No era capaz de articular palabra, la única respuesta coherente eran las lágrimas que surgían de sus ojos. Sólo asentía a todo lo que él decía, a todo lo que él pensaba, a todo lo que él sentía, y otra vez el sentimiento de estar muerta, de no querer estar allí, de querer desaparecer, de querer esconderse y no volver.
Se hizo de noche. La conversación se fue apagando y él se fue calmando. Ella no podía dejar de llorar. Siguieron pasando las horas y lo que había sido el campo de batalla se había convertido en la tranquila habitación de un hospital.
Las doce, la una, las dos… y ella miraba afuera por la ventana. Se fijaba en las estrellas que brillaban en el cielo, en las luces de la ciudad en la lejanía. Empezó a recordarse a sí misma, hacía ya algunos años, recorriendo esas calles iluminadas, sin casi preocupaciones, siendo feliz, saliendo a bailar, riendo, cantando… Y entonces miró hacía él, estaba dormido en el sillón al lado de la cama. Lo sintió tan lejano, tan desconocido, intentó recordarlo cuando le conoció, cuando se enamoró, pero le parecía estar recordando a otra persona y no al hombre con el que compartía ahora su vida. Miró al reloj, las dos y media, era tarde pero no tenía sueño, llevaba durmiendo demasiado tiempo. Prefirió disfrutar del silencio que la rodeaba ahora, de la tranquilidad de su habitación de hospital.
Pero el silencio deja salir a los pensamientos, en su mente “no quiero más esto”. Se levantó de la cama poco a poco, se arrancó la vía que tenía en el brazo y se dirigió al baño. Se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. No era ella. Era una mujer despeinada, con ojeras hasta la mitad de la cara, con los ojos hundidos, tan blanca como la nieve y muy delgada, incluso demasiado. No pudo seguir contemplando su reflejo y salió del baño. Volvió a mirarle a él, dormido. Abrió la puerta con cuidado de no hacer ruido. El pasillo estaba vacío. Comenzó a caminar y sus pasos sonaban por todos lados, el silencio la envolvía. Caminó y caminó durante largo rato, sus pasos eran cortos e inciertos y poco a poco llegó al final del pasillo. Allí había una puerta que daba a un pequeño balcón. Se asomó y el aire le acarició la cara y ya no había silencio a su alrededor, sino sonidos lejanos de la ciudad. Sus ojos dejaron caer un par de lágrimas y en sus labios se dibujó una sonrisa. Cerró los ojos y pensó “no quiero volver”.
Se sentó en el balaustre de piedra del balcón, con los pies colgando hacia fuera, riéndose. Casi le dolía reírse, y no conseguía recordar cuando había sido la última vez que lo había hecho. Y otra vez, ese momento de claridad que había sentido días atrás, sin saber muy bien cómo se dejó caer.
Mientras sus ojos se cerraban en el suelo escuchó en su cabeza otra vez “tú duerme, ya veremos si despiertas” y en ese momento, pensó, “ojalá no despierte más”.
Espero que os guste...
Un beso**

jueves 26 de junio de 2008

~~JuGaNdO~~

Según el diccionario jugar es “realizar cierta actividad, convencional o improvisada, únicamente para entretenerse y divertirse”. Pero jugar es mucho más, jugar implica una interacción con el mundo que te rodea, una representación del mismo, una interpretación de lo que ves, sientes y vives todos los días, y todo esto, a través de los ojos de un niño.
Cuando piensas en un niño jugando, no puedes imaginar que está realizando una tarea tan complicada y, al mismo tiempo, tan sencilla y natural. Jugando, el niño empieza a entender la necesidad de acatar unas normas, pero también aprende a saltárselas si le parecen injustas, aprende a rebelarse contra las injusticias; aprende a representar distintos roles de la vida mediante la imitación de lo que le rodea y de todos los que lo rodean. Aprende, en definitiva, a desarrollarse en la vida, a socializarse, de algún modo, en lo que va a ser su vida y, además de realizar esta importante tarea, el niño disfruta del juego. Este aprendizaje es, sin duda, el más inconsciente que se realiza, y al que el niño le dedica más tiempo en su vida, ya que el niño pasa sus horas de ocio jugando.
Los juegos son como sueños que se van haciendo realidad, que se van llevando a cabo gracias al uso de la imaginación. Así, puede ser, en la misma tarde, un valiente pirata, un guerrero, un indio, un perro y hasta un astronauta, sin salir de un cuarto cerrado. En los juegos no importa cuánto se líen las cosas o lo complicadas que parezcan, porque en ellos existe la magia y todo tiene sentido, solución y explicación si eres capaz de inventarla; y si no siempre se puede recurrir a las palabras mágicas “yo no juego más”, y todo se acaba.
Los juegos han cambiado mucho a lo largo de la historia, y este cambio se produce de forma paralela a la sociedad, al desarrollo económico y tecnológico. Es impensable que hace cincuenta o sesenta años, una familia le comprase miles de juguetes a sus hijos, porque el dinero era más necesario para comer y sobrevivir; o que un niño fuese jugando por la calle con un videojuego, ya que a penas se estaba empezando a extender el invento de la televisión.
En esa época que vivieron mis abuelos y mis padres y, en cierto modo, yo también, se jugaba en grandes grupos, viniendo a ser un elemento de cohesión entre los niños del pueblo o la ciudad, muchas veces a escondidas de los padres, porque distraían a los niños de las tareas que tenían que realizar para ayudar al trabajo de la casa. Esos juegos que, por desgracia, en muchos casos, terminaban a edades muy tempranas porque las familias necesitaban la ayuda de los niños en el trabajo en casa. Esos juegos que se realizaban con los elementos que estaban en la naturaleza o que eran ya inútiles para el trabajo, convirtiendo así a un trozo de madera vieja en una espada o un plato, a trapos viejos en hermosas muñecas o pelotas de fútbol improvisadas, a piedras en tesoros…
La infancia y el juego han cambiado a la par que la sociedad. Así, mi generación, habiendo abandonado las penurias económicas de mis abuelos y mis padres, ya tuvimos suficientes juguetes a nuestro alcance, incluso diría que excesivos pero, sin embargo, en el patio del colegio, con mis amigos, seguíamos jugando a los mismos juegos que ellos. Cuando salíamos al recreo, jugábamos a la mariola, a la pilla, al escondite, a la rueda… Obviamente hay una gran diferencia entre la generación de mis abuelos y la mía, pero seguíamos teniendo un nexo de unión a través de estos juegos. Un nexo que es un patrimonio cultural que hay que preservar y cuidar para que no se pierda, así como se cuida una iglesia o un monumento. Un nexo que nos instruye en valores muy positivos de trabajo en equipo, tolerancia, respeto a la naturaleza…
Actualmente, los niños están inmersos en una sociedad impregnada de las nuevas tecnologías, de la televisión al ordenador pasando por todas la videoconsolas, que cada vez son más funcionales para poder llevarlas a todas partes. Desde muy pequeños aprenden a manejar estos aparatos, incluso sin saber leer saben utilizar los menús de los juegos, dvd’s…
Y no es que esté en contra de las nuevas tecnologías ni mucho menos, al revés, me parece positivo que se sepan adaptar tan rápido porque lo van a necesitar en su vida, pero en su justa medida. Los niños necesitan interactuar con otros niños, jugar con niños de su edad y así, mediante el contacto y los conflictos con otros, socializarse y aprender los códigos y significados de nuestra sociedad.
Y mucha culpa de esta pérdida de los juegos en grupo es el ritmo de vida que se lleva. Los padres no tienen tiempo de llevar a sus hijos a jugar con otros niños, y la peligrosidad de las calles hace inconcebible que un niño salga solo para ir a casa de un amigo, como ocurría antes. Todo esto provoca que esa socialización tan importante de los primeros años de vida quede reducida al ámbito escolar. Hoy en día, el juego de los niños es una actividad individual que se realiza en solitario. Pero como ya dije el juego es una preparación para la vida y, ¿no estamos cada vez en una sociedad más individualista?
No sé, quizás son reflexiones exageradas, pero me da pena pensar que, quizás, los niños se estén perdiendo la oportunidad de vivir algo tan emocionante, divertido, apasionante, increíble e importante como es jugar con otros, caerse, mancharse, rasparse las rodillas, reírse… por miedos, por exceso de protección y por falta de tiempo.
Puede ser esta, la reflexión de una niña pequeña en el cuerpo de una niña de 20, que le gustaría por un momento, que todo fuera tan sencillo como era cuando se trataba de jugar con los compañeros. ¿En qué momento se complicara todo?


Reflexión inspirada por un trabajo de clase… quien lo diría?? xD!
Un saludo, un besazo y me voy a ver el partido de España!!!
chau**

domingo 22 de junio de 2008

El reloj de arenA


ola!!

Bienvenidos a mi blog... espero que os guste lo que aki iré publicando...

Pues esta es mi primera entrada y además es mi primera colaboración con la página El Cuentacuentos (http://www.elcuentacuentos.com/). Es el primer cuento que escribo y que enseño así a la gente... espero que os guste... y dejadme, si creeis que lo merece, una opinión sea buena o mala... para mejorar hay que saber que hacemos mal...


--El reloj de arena--



Un reloj de arena vacío sobre la mesa marcaba el momento. Siempre me había parecido muy curiosa su forma de hacer las cosas, aunque hacía ya tiempo que le conocía, nunca dejaba de sorprenderme. Notaba su mirada inquisidora sobre mí, esperando una respuesta, algún movimiento, alguna reacción por mi parte. Yo no me sentía capaz de mirarle y sin querer esbocé una sonrisa, noté que le molestó y, de pronto, su pie empezó a dar pequeños golpes rápidos en el suelo. Su nerviosismo era evidente, la impaciencia se apoderaba de su cuerpo, carraspeó, pero tampoco obtuvo respuesta y empezó a golpear suavemente la mesa con sus dedos, uno detrás de otro, primero lentamente y después más rápido. Me entró curiosidad, levanté la mirada y mi sonrisa se convirtió en carcajada al ver su cara, desencajada, mirándome interrogante y perplejo.
Durante unos segundos me siguió mirando, mientras yo intentaba contener mi risa. Tomó aire resignado y me dijo: “no esperaba esta respuesta”. Volví a reírme, ahora más fuerte, y una frase vino a mi cabeza, una frase que él siempre me repetía, y entre risas, dije: “si no quieres saber, ¿para qué preguntas?”. De un salto se levantó de la silla y golpeó la mesa, me asustó, pegué un bote en mi silla y, otra vez, me dio la risa. Perplejo me miró y se frotó la frente intentando comprenderme, y yo seguía mirándole y riéndome sin poder parar. Se dio la vuelta y farfulló algo entre dientes que no pude comprender, se quedó mirando por la ventana y poco a poco me dejé de reír.
“No quería molestarte” dije, pero él permaneció en silencio mirando por la ventana. Fuera llovía, llovía fuerte, creando una cortina de agua frente a la ventana y nadie había en la calle. Dos minutos de silencio, un segundo más, y otro, y otro, y otro, y así hasta cumplir tres minutos, y cuatro, y cinco… cada vez se hacía más insoportable. Yo no quería enfadarle y, sin poder evitarlo, cada vez tenía más ganas de reír, pero me contenía. Y se cumplieron seis minutos, y luego siete, después ocho, y nueve… para mí, iba contando los segundos, como sé que hacía él, allí apoyado en la ventana, mirando llover, pero sin ver lo que pasaba fuera. 598, 599, 600… y ya van diez minutos… “¿Sabes? Me estaba acordando de cuando te vi por primera vez”. Y él seguía mirando hacia fuera, sin prestarme atención, haciendo que no me escuchaba. “Estaba un día lluvioso como hoy”, y otra vez silencio, carraspee y me acomodé en la silla, apoyando mis brazos sobre la mesa, “de hecho, creo que llovía más que hoy… “. “¿Pero tú estas loca?- me interrumpió- el día que nos conocimos no llovía para nada”. Otra vez me eché a reír, entonces se dio la vuelta y me miró incrédulo, “¿me estás tomando el pelo?”. Yo negué con la cabeza, me miró y lentamente colocó su silla para sentarse, apoyó los brazos en la mesa como yo y me miró fijamente.
“Yo no te hablaba del día en que nos conocimos, te hablaba del primer día en que te vi, que es muy diferente”. Ahora su mirada se llenó de desconcierto, me miraba extrañado y sin entender nada, otra vez me dio la risa y él echó su cabeza para atrás entre frustrado y rendido. “Como te dije era un día de lluvia, hasta creo que de más lluvia que hoy. Yo había quedado con… con una amiga- me miró, se rió y me hizo seña de que continuara- No sé de que te ríes, había quedado con una amiga, y habíamos estado varias horas tomando algo y hablando en una cafetería cercana a la plaza Mayor. Recuerdo que eran más de las nueve cuando volvía a casa y, de pronto, se puso a llover, busqué en mi bolso y me había dejado el paraguas en el bar, pero estaba ya muy lejos para volver. Recuerdo que me sentó un poco mal y decidí sentarme en un portal de la calle esperando a que parara de llover un poco, pero ya sabes que aquí cuando empieza… Entonces decidí seguir a casa y pasé por la plaza Blanca, ya empapada y de pronto te vi. Estabas sentado en uno de los bancos de la plaza tranquilamente, sin paraguas, mojándote, me dio envidia y me hizo gracia, y me senté yo también en un banco. De pronto no me importó mojarme, me pareció divertido. Entonces empezó a sonar una canción… no recuerdo cuál era… creo que era Mozart o Chopin… no sé música clásica, que venía de una ventana y tú te pusiste a bailar encima del banco y a saltar por toda la plaza, tarareando la canción a lo Gene Kelly… Me hizo mucha gracia”.
“Recuerdo ese día” me dijo con una sonrisa en la boca “fue el día que me dejó María. Estaba tan enfadado, tan cansado, tan… tan… tan…”. De pronto los dos nos echamos a reír. “No tenía ni idea de que me estuviera mirando nadie, sino no me hubiese comportado de esa manera”.
“He de decirte que menos mal que te vi. Yo estaba pasando una mala época, todo me molestaba, todo me parecía mal, nada me apetecía y me costaba seguir con mi vida… Pero ese día en la plaza, fue como… no sé, vi las cosas de otra forma. De pronto no me parecía tan horrible que lloviera, ni me parecía tan mala idea estar completamente mojada. Cuando llegué a mi casa me miré al espejo y me empecé a reír de lo que vi”. Otra vez el desconcierto se apoderó de su cara no entendía nada. “Mira, ese día me encontré con alguien que tenía ganas de vivir, que disfrutaba de las pequeñas cosas, yo no sabía qué razones te llevaban a hacer esas locuras, pero de repente me di cuenta de que me estaba perdiendo entre tantas quejas y malos pensamientos. Fue verte y cambiar el chip ¿sabes?”.
“No tenía ni idea”, se empezó a poner colorado, siempre que le decía algo o le agradecía por algo se empezaba a sonrojar y a mi eso me provocaba risa, pero me contuve, no era el momento. “¿Por qué nunca me lo habías contado?”, me encogí de hombros y le sonreí. Él se quedó pensativo y apoyó su cabeza sobre una mano, mirándome. “Pero, eso fue… como unos tres o cuatro días antes de que te conociera… ¿no?”. Asentí con la cabeza, “resulta que durante esos cuatro días me dediqué a ir a la plaza y sentarme en el mismo banco en que me había sentado esa tarde, ver la gente pasar, disfrutar del sol, disfrutar de un libro o una revista… no sé, ese banco se convirtió en el símbolo de mi cambio, de mi renovación, de mi nuevo punto de vista. Hasta que un día… bajo el sol de la tarde, cierto personaje me dio con un balón en la cabeza”. Le dio la risa y me siguió mirando atentamente. “El resto de la historia ya la conoces… no te la tengo que contar…”. “Entonces… ¿fue por esa tarde en que me viste a lo Gene Kelly, que me hiciste caso y me hablaste amablemente la tarde que te di el balonazo?”. Asentí con la cabeza, “no puedes pretender que no tuviera curiosidad por saber, cómo era ese chico que había provocado un cambio tan grande en mi vida en tan poco tiempo, además siempre me ha gustado ver como te arrepientes y suplicas perdón… jajaja”
Durante unos segundos me siguió mirando, sin decir nada, y entonces se levantó y volvió a apoyarse en la ventana, mirando hacia fuera, viendo llover. “Lo que no entiendo es por qué nunca me lo contaste, ni tampoco por qué me lo cuentas ahora…”. “Nunca te lo conté porque no surgió, no sé, pensé hacerlo muchas veces, pero nunca lo hice. Y… te lo cuento ahora porque… ¿no querías una respuesta?”. Se dio la vuelta y apoyó la espalda en la pared, me miró fijamente, no era la respuesta que esperaba y eso yo lo sabía perfectamente.
“Quizá no es la respuesta que esperabas… pero no sé cuál querías que fuera mi reacción… y esta es la mejor respuesta… créeme que a mí tampoco me ilusiona la pregunta”. Se quedó pensando y se acercó a donde yo estaba sentada, se arrodilló a mi lado y me miraba, mientras yo seguía mirando al frente, viendo llover. Extendí el brazo y cogí el reloj de arena, le di la vuelta y poco a poco la arena empezó a caer de nuevo. “Son tus reglas… deja que caiga toda la arena y me contestas”. Nuestras conversaciones siempre se regían por los tres minutos y doce segundos que marcaba ese reloj, sobre todo las conversaciones trascendentales. Uno exponía un tema delicado y concedía el tiempo del reloj al otro para armar su respuesta. Como ya dije, él siempre me sorprendía con su forma de enfocar las cosas, pero eso es lo que más me gusta de él.
Otra vez iba contando los segundos en mi interior, y le escuchaba a él que los contaba en voz baja. El tiempo parecía pasar muy despacio, un segundo, dos segundos, tres segundos, parecía hacerse eterno por momentos, diez segundos, once segundos, doce segundos, trece segundos, las ganas de reír se habían ido y ahora una lágrima empezaba a recorrer mi cara, veinte segundos, veintiún segundos, veintidós segundos, veintitrés segundos… Entonces él se levantó y tumbó el reloj, yo le miré y me puse de pie, “así no es como se juega a esto” dije intentando contener las lágrimas. El reloj empezó a rodar por la mesa de madera y cayó al suelo rompiéndose en pedacitos y esparciendo la arena por el suelo. Los dos nos quedamos en silencio. “Parece que definitivamente esto marca el final del juego”. Ya no pude contener las lágrimas por más tiempo, era el final, por más que quisiéramos evitarlo, cuando saliera esa tarde de su casa sería la última vez. No volveríamos a salir juntos, no volveríamos a caminar por la ciudad, a disfrutar de la intensa lluvia, a tomar el sol en el parque, a tomar té las tardes aburridas de domingo, a charlar y divagar sobre temas, unas veces trascendentales y otras no tanto, no volveríamos, en definitiva a vernos, ni a jugar como solíamos hacerlo. Ya no podía evitarlo, no podía parar de llorar, hasta sentía que me ahogaba, que no podía respirar. Él se acercó y me abrazó muy fuerte y me susurró al oído “no llores más, no llores más, sabes que no puedo soportar verte así”.
Me sentía tan mal, no quería decirle adiós pero sabía que eso iba a pasar. Entre sollozos le dije “¿Era esta la respuesta que querías?”. Entonces se apartó y me miró con una sonrisa, mientras una lágrima recorría su cara “no es que quisiera verte llorar, solo es que me sorprendió que te rieras a carcajadas”.
Le volví a abrazar, y otra vez le escuché contar los segundos en voz baja, como yo también estaba haciendo. Un segundo, dos segundos… un minuto, dos minutos… cinco minutos… diez minutos. Ahora el tiempo pasaba mucho más rápido. Parecía que la tarde quería apresurar nuestra despedida, como si al romperse el reloj que había marcado el tempo de nuestra relación, de nuestra amistad, no quedara oportunidad de seguir juntos. Fue el momento más duro para mí. Me aparté, le di un beso, recogí mis cosas y me fui. Ni un adiós, ni un hasta luego, no quería decir nada, quería fingir por un momento que le volvería a ver mañana.
Salí a la calle que estaba vacía. Seguía lloviendo a mares. Abrí mi bolso y no encontré mi paraguas, me lo había dejado en su casa. Me paré. Como cinco años atrás me senté en un portal. Uno, dos, tres, cuatro… Me levanté de un brinco y volví a su casa. Me abrió la puerta con el paraguas en la mano. Yo me quedé mirándole y me empecé a reír. Él me miraba desconcertado otra vez, no sabía lo que me estaba pasando, al momento lloraba desconsolada como me reía a carcajadas.
“Si te vas a ir hay algo que tenemos que hacer por última vez… y, por suerte, el día acompaña”. Cogí sus llaves de la puerta y le enganché del brazo. Caminamos y caminamos bajo la lluvia, primero si hablar, sin poder mirarnos, pero después caminamos como otras veces, como si no fuera la última, como si no fuera la despedida, como una más. Llegamos a la plaza Blanca y nos sentamos en un banco, en ese banco en el que cinco años atrás yo me había sentado a mirarle en la distancia, ese banco en el que había recibido un balonazo que me había permitido conocer a la persona más singular, divertida y maravillosa del mundo, ese banco que a partir de ahora sería también el banco de la despedida. Y ahí permanecimos sentados, hablando, como tantas veces, sin más lágrimas. Quizá si hubiese sido una película volvería a sonar la canción de aquella tarde, pero no fue necesario.
“Son las nueve menos cuarto, en media hora sal…”. “¡NO!- le interrumpí-no digas nada…”. “Está bien, entonces a…”. “¡NO!- volví a interrumpirle- hasta mañana”. Me quedé mirándole, sentada bajo la lluvia, él me miraba y se sonrió “Hasta mañana”. Se agachó, me abrazó y me besó en la mejilla, como solía hacer y se fue. Allí me quedé, sentada en el banco bajo la lluvia, viéndole marcharse, como tantas veces, pero sabiendo que era la última, y una lágrima empezó a recorrer mi cara camuflada entre la lluvia. “Adiós” dije viendo su silueta en la lejanía, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja.
Tantas veces volví a pasar por delante del mismo banco, tantas veces he vuelto a sentarme allí bajo la lluvia, o bajo el sol, pero nunca volvió a ser igual y nunca más volverá a serlo.
Besos, chau**